Textus Receptus

Por WR Kincaid
16 Toda Escritura es inspirada divinamente y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instituir en justicia,
17 Para que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente instruído para toda buena obra.
2 Timoteo 3

La promesa de Dios es que la “Escritura” es inspirada por Dios. La palabra “escritura” indica no solamente que es un mensaje escrito, sino también que es documento publicado en formato de manuscrito. La Biblia desde el principio ha sido diseñada para publicación (Deu. 17.18, 31.9). De hecho, es la misma Biblia que ha inspirado el desarrollo de la industria de publicación literaria. Cada innovación mayor en la historia de la industria de publicación ha sido inventada o popularizada por la demanda de la Biblia, incluyendo el uso de pieles (pergaminos o vellum) en vez de tablas de barro (1500 AC Sinaí), el códice (formato codex, o libro moderno, 100 AD Roma), papel de molino hidráulico (1200 AD España), y la imprenta de tipo movil (1450 AD Alemania). La industria de publicación literaria ha seguido la trayectoria de la Biblia porque ninguna otra literatura ha obtenido una demanda semejante. Así que, cuando Dios habla de “escritura inspirada” no habla de un milagro remoto en la antigüedad, algún documento milagrosamente compuesto y ahora desafortunadamente perdido, sino habla del milagro continuo de provisión y preservación de las escrituras publicadas y disponibles a los creyentes.

21 Porque Moisés desde los tiempos antiguos tiene en cada ciudad quien le predique en las sinagogas, donde es leído cada sábado. Hechos 15

Fíjate que nuestro texto dice que la Escritura es inspirada, no que “érase una vez” inspirada, y que es útil ahora, no que “érase una vez” útil. La promesa es que las escrituras que Timoteo tenía contemporáneamente, y que Pablo también tenía, y que la abuela de Timoteo le había enseñado desde niñez, eran en esa época actual inspiradas por Dios.

La cosa es que la industria de publicación por manuscrito deja toda copia con algunos errores, y a veces errores serios. ¿Qué hacemos cuando las copias no concuerdan? De hecho, ni una sola vez en la Biblia habla de este problema. Lo cual nos lleva a una de dos posibles conclusiones. O, primero, las copias de la Biblia nunca tenían errores, o segundo, tenían errores pero no había argumento sobre la forma de resolverlos. Obviamente las copias de la Biblia demostraban errores, porque hasta la fecha no hay dos copias manuscritas idénticas en todo detalle. Así que, la razón que la Biblia no habla de discrepancias en las copias es que había una forma familiar y universal para resolver cualquier error de copia. Toda persona alfabetizada en la antigüedad entendía el protocolo para resolver discrepancias, porque el problema era universal. Como nosotros aprendemos usar números de página, o el índice o apéndice de un libro, ellos aprendían resolver discrepancias en manuscritos. Y el protocolo es simple. Se comparan y el texto de consenso es correcto. Con la promesa de inspiración en mente, los que dependían de las escrituras para su fe, la comparación de textos no era adivinación, ni tampoco ciencia cierta. Era la fe que el consenso textual era de Dios. Cuando las lecturas de los manuscritos disponibles estaban de acuerdo, era la palabra de Dios actual.

Usamos el mismo protocolo hasta ahora. Cuando predico sobre el segundo mandamiento y un amigo católico lo oye, a menudo protesta que así no dice su Biblia de él, pero al comparar Biblias la perfecta palabra de Dios se descubre. Ya no hay protesta. Dios ha hablado. El que sigue la pesquisa en la cara de Biblias perfectamente en acuerdo es incrédulo.

Con el invento de la imprenta las discrepancias entre copias se disminuyeron a una fracción de las entre manuscritos. Además para entonces el mundo cristiano se había unido, por la derrota de Constaninopla en 1453 por los Turcos. El occidente, de habla latina se había llenado de Biblias en griego también. Surgió que todo el mundo cristiano, ortodoxos, católicos, reformistas y aun anabaptistas se pusieron a determinar el texto de consenso. En palabras de William Fulke (1550), se buscaba el texto “más usual” (Defence, p. 99). No era demasiado difícil encontrar la lectura usual o común en los respectivos idiomas griego y latín, porque ya por un milenio el texto se había estandarizado por separado en tales idiomas. Se llamaban las “vulgatas,” o la Vulgata Latina y la Vulgata Griega. La polémica surgió en comparar las vulgatas, que por ser largamente aisladas se habían establecido independientemente con diferencias. La mayoría de las lecturas diferentes entre latín y griego se podían resolver por dar preferencia al griego, entendiendo que la Vulgata Latina había sido traducida del griego hace mucho. Pero también habían lecturas omisas en ambas vulgatas, o sea, habían textos en griego que no aparecían en latín, y unos cuantos textos en latín que carecía el griego. El consenso de todos, ortodoxos, católicos y reformadores, era de incluir los textos más usuales de cada vulgata, formando un texto completo, fundamentándose en el principio de la inspiración del texto común y continuo en la iglesia universal. Así nació el texto compuesto de ambas tradiciones, de griego y latín, el texto ahora referido como el Textus Receptus, o en palabras de Elzevir, “el texto recibido por todos.”

En los siglos desde entonces todas las Biblias traducidas e impresas siguieron por lo general a alguna edición de ese texto compuesto, aceptando el consenso de los creyentes, que la Biblia en uso en las iglesias a través de los siglos era de Dios. Habían acusaciones de error, claro, por voces aisladas y contenciosas, pero los acusadores tampoco estaban de acuerdo en cuáles lecturas estaban mal. Los creyentes estaban satisfechos con el texto recibido, la combinación de las vulgatas hecha posterior a la invención de la imprenta. Esta situación persistió hasta la revisión de la Biblia Autorizada en inglés, en el año 1881, cuando el comité de revisión desechó el texto recibido a favor del texto de Westcott y Hort, un texto crítico basado mayormente en un manuscrito antiguo, el Vaticanus, elaborado en el siglo cuarto, pero apenas publicado en 1867. Los reformadores de antes sabían de manuscritos antiguos egipcios semejante al Vaticanus. Beza (1540) tenía el manuscrito “D” o Brixianus en su escritorio, elaborado en el siglo 5, pero lo descartó por tener lecturas “inusuales.” No querían lecturas aisladas antiguas. Querían lecturas comunes y continuas.

Para 1881 la filosofía de inspiración había cambiado, sin embargo. Expertos desde Griesbach (1800) habían llegado a preferir manuscritos muy más antiguos, por ser más cercanos a un supuesto milagroso original, autógrafo del apóstol, y descartaban como corruptas las multitudes de copias más recientes portando la lectura continua de la iglesia, y el texto común encontrado en ellas. La idea que la Biblia utilizada y creída durante 1500 años fuera la verdadera, la inspirada, la preservada, se les hacía absurda, una fe ciega e inmadura. Según la nueva teoría de inspiración, la Biblia mejor (no inspirada, por supuesto, pero menos corrupta) es la que se había perdido por más de un milenio. Entre más tiempo perdido un manuscrito, mejor. La nueva pauta en griego según expertos modernos dependía de fragmentos de manuscritos de máxima antigüedad, aunque sus textos exhiban omisiones abundantes y lecturas extrañas. Prácticamente el texto preferido de hoy por expertos es el que se deriva de fragmentos que antedatan el año 400, aunque hay muy pocos de estos fragmentos, y entre ellas dos Biblias casi enteras en vellum, Vaticanus y Sinaíticus, ambos del año 350. Sin embargo, de esta puñada de fragmentos, y todos de Egipto, no se puede determinar el texto usual y universal de la Biblia ni en aquellos tiempos, y no hay duda que dicho texto reconstruido a pista oscura no se encontraba en ninguna región de cristianos durante el siguiente milenio y medio. Pero no hay que ofuscar su teoría con semejantes pequeños detalles.

La polémica comenzó en el siglo 18, con las teorías de Griesbach seguido por Tregelles, Lachman y Tischendorf, todos alemanes. De opinión opuesta aparecen otros expertos, defensores del Textus Receptus, como Mill, Wettstein, Knapp, Lloyd, Ess y Scholz. No es que estos pensaban que alguna edición del Textus Receptus fuera la final, sino aceptaban el fundamento del Textus Receptus, que la Biblia común y continuo era la de Dios. Algunos se inclinaban a las lecturas mayoritarias en griego, disminuyendo las lecturas aisladas en latín. Otros pensaban solamente retro-corregir ciertos posibles errores de transmisión como armonizaciones en los evangelios. Pero estos editores del TR no aceptaban los cambios fuertes propuestos por los alemanes. La división definitiva occurrió en la revisión de la versión común en inglés en 1881. Desde entonces no ha existido consenso en nada.

Las Biblias compuestas antes de la polémica pueden presentar pequeñas diferencias según el criterio de sus editores respectivos, pero por lo general las discrepancias son ligeras y obviamente benignas. La idea que todas las Biblias basadas en ediciones del Textus Receptus tienen que ser exactamente iguales no es histórica, lógica, ni necesaria. Si todo el mundo de cristianos decidiera por consenso ahora formar un Textus Receptus universal, por principios fieles a la fe de los apóstoles y luego los reformadores, el texto común, continuo y completo, y si se enmendara toda Biblia en todo el mundo para conformarse a ese Textus Receptus universal, sería útil quizás, pero las quejas no se acabarían. Todavía habrían discrepancias en traducción o gramática, etc. Obviamente no es necesario que las Biblias de norma en los diversos idiomas sean idénticas. Nunca han sido. Es característica de la Biblia publicada desde el principio que hay discrepancias en copias, pero la fe de cristianos es que la Biblia común, de consenso, recibido por el pueblo de Dios, es palabra de Dios, inspirada divinamente, y útil. No obstante la proliferación de Biblias altamente alteradas por preferir el texto egipcio, y eso tan sólo porque pergaminos sobreviven más tiempo en la aridez, persistimos con el texto recibido en español, confiados en que Dios nos ha hablado por la Valera 1862-1909, Biblia castellana común, continuo y universal entre hispanos, sin error a ciencia cierta, y perfectamente útil para el hombre de Dios.

publicación (Deu. 17.18, 31.9). De hecho, es la misma Biblia que ha inspirado el desarrollo de la industria de publicación literaria. Cada innovación mayor en la historia de la industria de publicación ha sido inventada o popularizada por la demanda de la Biblia, incluyendo el uso de pieles (pergaminos o vellum) en vez de tablas de barro (1500 AC Sinaí), el códice (formato codex, o libro moderno, 100 AD Roma), papel de molino hidráulico (1200 AD España), y la imprenta de tipo movil (1450 AD Alemania). La industria de publicación literaria ha seguido la trayectoria de la Biblia porque ninguna otra literatura ha obtenido una demanda semejante. Así que, cuando Dios habla de “escritura inspirada” no habla de un milagro remoto en la antigüedad, algún documento milagrosamente compuesto y ahora desafortunadamente perdido, sino habla del milagro continuo de provisión y preservación de las escrituras publicadas y disponibles a los creyentes.

21 Porque Moisés desde los tiempos antiguos tiene en cada ciudad quien le predique en las sinagogas, donde es leído cada sábado. Hechos 15

Fíjate que nuestro texto dice que la Escritura es inspirada, no que “érase una vez” inspirada, y que es útil ahora, no que “érase una vez” útil. La promesa es que las escrituras que Timoteo tenía contemporáneamente, y que Pablo también tenía, y que la abuela de Timoteo le había enseñado desde niñez, eran en esa época actual inspiradas por Dios.

La cosa es que la industria de publicación por manuscrito deja toda copia con algunos errores, y a veces errores serios. ¿Qué hacemos cuando las copias no concuerdan? De hecho, ni una sola vez en la Biblia habla de este problema. Lo cual nos lleva a una de dos posibles conclusiones. O, primero, las copias de la Biblia nunca tenían errores, o segundo, tenían errores pero no había argumento sobre la forma de resolverlos. Obviamente las copias de la Biblia demostraban errores, porque hasta la fecha no hay dos copias manuscritas idénticas en todo detalle. Así que, la razón que la Biblia no habla de discrepancias en las copias es que había una forma familiar y universal para resolver cualquier error de copia. Toda persona alfabetizada en la antigüedad entendía el protocolo para resolver discrepancias, porque el problema era universal. Como nosotros aprendemos usar números de página, o el índice o apéndice de un libro, ellos aprendían resolver discrepancias en manuscritos. Y el protocolo es simple. Se comparan y el texto de consenso es correcto. Con la promesa de inspiración en mente, los que dependían de las escrituras para su fe, la comparación de textos no era adivinación, ni tampoco ciencia cierta. Era la fe que el consenso textual era de Dios. Cuando las lecturas de los manuscritos disponibles estaban de acuerdo, era la palabra de Dios actual.

Usamos el mismo protocolo hasta ahora. Cuando predico sobre el segundo mandamiento y un amigo católico lo oye, a menudo protesta que así no dice su Biblia de él, pero al comparar Biblias la perfecta palabra de Dios se descubre. Ya no hay protesta. Dios ha hablado. El que sigue la pesquisa en la cara de Biblias perfectamente en acuerdo es incrédulo.

Con el invento de la imprenta las discrepancias entre copias se disminuyeron a una fracción de las entre manuscritos. Además para entonces el mundo cristiano se había unido, por la derrota de Constaninopla en 1453 por los Turcos. El occidente, de habla latina se había llenado de Biblias en griego también. Surgió que todo el mundo cristiano, ortodoxos, católicos, reformistas y aun anabaptistas se pusieron a determinar el texto de consenso. En palabras de William Fulke (1550), se buscaba el texto “más usual” (Defence, p. 99). No era demasiado difícil encontrar la lectura usual o común en los respectivos idiomas griego y latín, porque ya por un milenio el texto se había estandarizado por separado en tales idiomas. Se llamaban las “vulgatas,” o la Vulgata Latina y la Vulgata Griega. La polémica surgió en comparar las vulgatas, que por ser largamente aisladas se habían establecido independientemente con diferencias. La mayoría de las lecturas diferentes entre latín y griego se podían resolver por dar preferencia al griego, entendiendo que la Vulgata Latina había sido traducida del griego hace mucho. Pero también habían lecturas omisas en ambas vulgatas, o sea, habían textos en griego que no aparecían en latín, y unos cuantos textos en latín que carecía el griego. El consenso de todos, ortodoxos, católicos y reformadores, era de incluir los textos más usuales de cada vulgata, formando un texto completo, fundamentándose en el principio de la inspiración del texto común y continuo en la iglesia universal. Así nació el texto compuesto de ambas tradiciones, de griego y latín, el texto ahora referido como el Textus Receptus, o en palabras de Elzevir, “el texto recibido por todos.”

En los siglos desde entonces todas las Biblias traducidas e impresas siguieron por lo general a alguna edición de ese texto compuesto, aceptando el consenso de los creyentes, que la Biblia en uso en las iglesias a través de los siglos era de Dios. Habían acusaciones de error, claro, por voces aisladas y contenciosas, pero los acusadores tampoco estaban de acuerdo en cuáles lecturas estaban mal. Los creyentes estaban satisfechos con el texto recibido, la combinación de las vulgatas hecha posterior a la invención de la imprenta. Esta situación persistió hasta la revisión de la Biblia Autorizada en inglés, en el año 1881, cuando el comité de revisión desechó el texto recibido a favor del texto de Westcott y Hort, un texto crítico basado mayormente en un manuscrito antiguo, el Vaticanus, elaborado en el siglo cuarto, pero apenas publicado en 1867. Los reformadores de antes sabían de manuscritos antiguos egipcios semejante al Vaticanus. Beza (1540) tenía el manuscrito “D” o Brixianus en su escritorio, elaborado en el siglo 5, pero lo descartó por tener lecturas “inusuales.” No querían lecturas aisladas antiguas. Querían lecturas comunes y continuas.

Para 1881 la filosofía de inspiración había cambiado, sin embargo. Expertos desde Griesbach (1800) habían llegado a preferir manuscritos muy más antiguos, por ser más cercanos a un supuesto milagroso original, autógrafo del apóstol, y descartaban como corruptas las multitudes de copias más recientes portando la lectura continua de la iglesia, y el texto común encontrado en ellas. La idea que la Biblia utilizada y creída durante 1500 años fuera la verdadera, la inspirada, la preservada, se les hacía absurda, una fe ciega e inmadura. Según la nueva teoría de inspiración, la Biblia mejor (no inspirada, por supuesto, pero menos corrupta) es la que se había perdido por más de un milenio. Entre más tiempo perdido un manuscrito, mejor. La nueva pauta en griego según expertos modernos dependía de fragmentos de manuscritos de máxima antigüedad, aunque sus textos exhiban omisiones abundantes y lecturas extrañas. Prácticamente el texto preferido de hoy por expertos es el que se deriva de fragmentos que antedatan el año 400, aunque hay muy pocos de estos fragmentos, y entre ellas dos Biblias casi enteras en vellum, Vaticanus y Sinaíticus, ambos del año 350. Sin embargo, de esta puñada de fragmentos, y todos de Egipto, no se puede determinar el texto usual y universal de la Biblia ni en aquellos tiempos, y no hay duda que dicho texto reconstruido a pista oscura no se encontraba en ninguna región de cristianos durante el siguiente milenio y medio. Pero no hay que ofuscar su teoría con semejantes pequeños detalles.

La polémica comenzó en el siglo 18, con las teorías de Griesbach seguido por Tregelles, Lachman y Tischendorf, todos alemanes. De opinión opuesta aparecen otros expertos, defensores del Textus Receptus, como Mill, Wettstein, Knapp, Lloyd, Ess y Scholz. No es que estos pensaban que alguna edición del Textus Receptus fuera la final, sino aceptaban el fundamento del Textus Receptus, que la Biblia común y continuo era la de Dios. Algunos se inclinaban a las lecturas mayoritarias en griego, disminuyendo las lecturas aisladas en latín. Otros pensaban solamente retro-corregir ciertos posibles errores de transmisión como armonizaciones en los evangelios. Pero estos editores del TR no aceptaban los cambios fuertes propuestos por los alemanes. La división definitiva occurrió en la revisión de la versión común en inglés en 1881. Desde entonces no ha existido consenso en nada.

Las Biblias compuestas antes de la polémica pueden presentar pequeñas diferencias según el criterio de sus editores respectivos, pero por lo general las discrepancias son ligeras y obviamente benignas. La idea que todas las Biblias basadas en ediciones del Textus Receptus tienen que ser exactamente iguales no es histórica, lógica, ni necesaria. Si todo el mundo de cristianos decidiera por consenso ahora formar un Textus Receptus universal, por principios fieles a la fe de los apóstoles y luego los reformadores, el texto común, continuo y completo, y si se enmendara toda Biblia en todo el mundo para conformarse a ese Textus Receptus universal, sería útil quizás, pero las quejas no se acabarían. Todavía habrían discrepancias en traducción o gramática, etc. Obviamente no es necesario que las Biblias de norma en los diversos idiomas sean idénticas. Nunca han sido. Es característica de la Biblia publicada desde el principio que hay discrepancias en copias, pero la fe de cristianos es que la Biblia común, de consenso, recibido por el pueblo de Dios, es palabra de Dios, inspirada divinamente, y útil. No obstante la proliferación de Biblias altamente alteradas por preferir el texto egipcio, y eso tan sólo porque pergaminos sobreviven más tiempo en la aridez, persistimos con el texto recibido en español, confiados en que Dios nos ha hablado por la Valera 1862-1909, Biblia castellana común, continuo y universal entre hispanos, sin error a ciencia cierta, y perfectamente útil para el hombre de Dios.

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