¿Por qué debemos pensar correctamente sobre Dios?

Por Raymundo Estrada

“Estad quietos, y conoced que yo soy Dios:” Salmo 46:10

Una situación que ha existido en la Iglesia por años, y que está empeorando de manera continua. Me refiero a la pérdida del concepto de la majestad de Dios en la mente religiosa popular.

La Iglesia ha abandonado su elevado concepto de Dios.
Esto no se ha hecho de manera deliberada, sino poco a poco, y sin conocimiento de la Iglesia, y el mismo hecho de que no esté consciente de lo que está pasando, solo sirve para hacer más trágica aún su situación. El pobre concepto de Dios que prevalece entre los cristianos de una manera casi universal es la causa de un centenar de males entre nosotros, donde quiera que estemos.
Con nuestra pérdida del sentido de majestad ha llegado una pérdida mayor del temor reverencial y del reconocimiento de la presencia divina.
Hemos perdido nuestro espíritu de adoración.
El cristianismo moderno no está produciendo el tipo de cristiano que pueda apreciar o experimentar la vida en el Espíritu. Las palabras “Estad quietos, y conoced que yo soy Dios” no significan nada en la práctica para el adorador bullicioso y confiado en sí mismo de este siglo.
La única forma de recuperarnos de nuestras pérdidas espirituales es regresar a la causa de ellas y hacer las correcciones que exija la verdad.
La falta de conocimiento del Dios Santo es lo que nos ha traído nuestros problemas.
El redescubrimiento de la majestad de Dios logrará grandes cosas en cuanto a la solución de esos problemas.
Nos será imposible mantener sanas nuestras prácticas morales, y rectas nuestras actitudes mientras nuestra idea sea errónea o inadecuada. Si queremos traer de nuevo el poder espiritual a nuestra vida, debemos comenzar a pensar en Dios de un modo que se aproxime más a como Él es en realidad.
Dios en incomprensible – Trino – Autoexistente – Autosuficiente – Eterno – Infinito – Inmutable – Omnisciente – Sabio – Omnipotente – Trascendente – Omnipresente – Fiel – Bueno – Justo – Misericordioso – Dios de Gracia – Amoroso – Santo – Soberano.
La adoración será pura, o baja, según el lugar en que el adorador tenga a Dios. Por esta razón, la cuestión más importante que la Iglesia tiene delante, siempre será Dios mismo, y la realidad más extraordinaria acerca de cualquier ser humano, no es lo que él pueda decir o hacer en un momento dado, sino la forma en que concibe a Dios en lo más profundo del corazón.
Lo más revelador acerca de la Iglesia será siempre su idea de Dios, así como su mensaje más significativo es lo que diga de él, o lo que deje sin decir, porque con frecuencia, su silencio es más elocuente que sus palabras.
Si fuéramos capaces de obtener de algún ser humano una respuesta completa a la pregunta de ¿Qué le viene a la mente cuando piensa sobre Dios? Podríamos predecir con certeza el futuro espiritual de ese ser humano.
Si fuéramos capaces de conocer con exactitud lo que piensan sobre Dios los más influyentes líderes religiosos, podríamos predecir con bastante precisión donde se hallará la Iglesia mañana.
Sin duda alguna, la palabra de más peso en cualquier idioma, es la que se utiliza para designar a Dios.
Tener un concepto correcto de Dios, es algo fundamental para la vida cristiana práctica.
El concepto de Dios que prevalece en esta época es tan decadente, que se encuentra completamente por debajo de la dignidad del Dios Altísimo, y en realidad constituye para los que profesan ser creyentes algo que equivale a una desgracia moral.
El hombre que llega a unas creencias correctas con respecto a Dios queda aliviado de mil problemas temporales, porque ve de una vez que éstos problemas tienen que ver con cuestiones que, a lo sumo, no le pueden preocupar por largo tiempo; pero aún si se le pudieran quitar las numerosas cargas del tiempo, la poderosa carga de la eternidad comienza a pesar sobre él con un peso más aplastante que todos los sufrimientos del mundo amontonados uno sobre otro. Esa poderosa carga es su obligación con Dios.
Comprende un anhelante deber de amar a Dios durante toda la vida con todas las fuerzas de la mente y del alma, de obedecerle de manera perfecta y de adorarle de manera aceptable.
Cuando la angustiada conciencia del hombre le dice que no ha hecho ninguna de estas cosas, sino que desde la niñez ha sido culpable de una necia rebelión contra la majestad del cielo, la presión interna se podría volver difícil de soportar.
El evangelio puede quitar esta carga destructora de la mente, dar gloria en lugar de ceniza, y manto de alegría en lugar de luto.
Con todo, a menos que se sienta el peso de esa carga, el evangelio no podrá significar nada para él hombre; y hasta que no tenga una visión de un Dios exaltado por encima de todo, no habrá temor ni carga alguna.
El bajo concepto de Dios destruye el evangelio para todo el que lo tenga. Entre los pecados a los que tiende el corazón humano, es difícil hallar otro que sea más aborrecible para Dios que la idolatría, porque la idolatría es en el fondo una infamia con respecto a su personalidad.
El corazón idólatra da por sentado que Dios es otro distinto a quién es – algo que es en sí, un monstruoso pecado – y sustituye al Dios verdadero por otro hecho a su propia semejanza.
Este Dios siempre se conformará a la imagen del que lo ha creado, y será bajo o puro, cruel o bondadoso, según el estado moral de la mente de la cual ha surgido. Y, es muy natural, que un Dios engendrado en las sombras de un corazón caído no sea una verdadera semejanza del Dios verdadero.
El Señor le dice al malvado en el Salmo 50:21 “Pensabas que de cierto sería yo como tú” En realidad, esto debe constituir una seria afrenta para el Dios Altísimo ante el cual los serafines claman de manera continua: “Santo, Santo, Santo, Jehová de los ejércitos” (Isaías 6:3)
Hermanos, mantengámonos alerta, no vaya a ser que en nuestro orgullo aceptemos la noción errónea de que la idolatría solo consiste en doblar la rodilla ante objetos visibles de adoración.
¡No! La esencia de la idolatría consiste en abrigar sobre Dios pensamientos que son indignos de Él. Comienza en la mente, y puede estar presente donde no se haya producido ningún acto abierto de adoración.
Pablo dice: “Porque habiendo conocido a Dios, no le glorificaron como a Dios, ni dieron gracias; antes se desvanecieron en sus discursos, y el necio corazón de ellos fue entenebrecido.” (Romanos 1:21)
A esto siguió la adoración de ídolos fabricados a semejanza de hombres, y de aves, y de bestias y de reptiles, pero esta serie de actos degradantes comenzó en la mente. Nociones pervertidas sobre Dios pronto pudren la religión en que aparecen.
La larga historia de Israel demuestra esto con suficiente claridad, y la historia de la Iglesia lo confirma. Es tan necesario para la iglesia, el tener un alto concepto de Dios, que cuando ese concepto declina, la Iglesia, con su adoración y sus normas morales, declina junto con él.

El primer paso en este descenso lo toma una Iglesia, cualquiera que ésta sea, cuando abandona su alto concepto de Dios.
La obligación más fuerte de cuantas pesan sobre la Iglesia Cristiana de hoy, consiste en purificar y elevar su concepto de Dios. En todas sus oraciones y trabajos, esto debiera ocupar el primer lugar.

Le haremos el mejor de los servicios a la próxima generación de cristianos, si les entregamos sin amortiguar ni disminuir ese noble concepto de Dios que recibimos de nuestros padres en la fe Hebreos y cristianos de generaciones pasadas.
Esto demostrará ser de mayor valor para ellos, que todo cuanto se les pueda ocurrir al arte o a la ciencia.

Bien haríamos en orar a Dios: Señor Todopoderoso, no el Dios de los filósofos y de los sabios, sino el Dios de los profetas y los apóstoles, y lo mejor de todo, el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo. Permítenos reconocer tu santidad. Los que no te conocen, quizá te invoquen como otro distinto al que eres, y así no te adoran a ti, sino a una criatura de su propia imaginación.
Por eso, ilumínanos la mente para que te conozcamos tal como eres, de manera que te podamos amar y alabar perfecta y dignamente. En el nombre de Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

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